Entrevista en Diario Sur. Málaga

Fecha de actualización 24/09/2011
 

Emilio Calderón cierra su trilogía asiática con una intriga policial en Hiroshima.

 

CULTURA Y ESPECTÁCULOS


El autor malagueño regresa en octubre a las librerías con este thriller que se adentra en las consecuencias del holocausto en Japón

 

19.09.11 - 01:34 - MARINA MARTÍNEZ mmartinez@diariosur.es |MÁLAGA.

 

Aún se le ponen los pelos de punta cuando lo recuerda. Emilio Calderón (Málaga, 1960) se encontraba en la biblioteca pública de Lorca cuando la tierra tembló. Y bastante. Estaba ultimando su nueva novela en aquel fatídico 11 de mayo en el que dos terremotos sacudieron la localidad murciana. Casualmente, el historiador, editor y autor malagueño estaba escribiendo la dedicatoria a las víctimas de otra catástrofe, la que vivió Fukushima tras el tsunami del pasado mes de marzo. De pronto, él también se vio convertido en víctima. «Notas cómo la tierra ruge bajo tus pies, es una sensación verdaderamente desagradable. Uno no sabe si va a sobrevivir. En las paredes se abrieron grietas, algunas de las estanterías cayeron a plomo, tuvimos que rescatar a unas chicas que quedaron sepultadas, la situación fue verdaderamente dramática», recuerda cuando aún sigue experimentando aquella misma sensación de los protagonistas de la novela con la que regresará a las librerías el próximo 18 de octubre. Desplazado, sin poder entrar a casa y mudándose de un lado a otro durante varios meses: «He vivido de manera directa todo lo que yo mismo estaba contando». Y no es otra cosa que las consecuencias para los supervivientes del holocausto nuclear de Japón. ¿El título? Los sauces de Hiroshima (Planeta), una novela con la que cierra su trilogía asiática que iniciara con El judío de Shanghai (Premio Fernando Lara) y La bailarina y el inglés (finalista del Planeta). Excluidos de la sociedad Es algo que se propuso hacer hace tres años. Quería escribir una serie de obras que hablaran de las grandes civilizaciones asiáticas: China, India y Japón. «Pretendía que el lector español tuviera conocimiento de la historia de lugares tan remotos y que no se han tocado en nuestra literatura», explica Calderón, que parte de la base de las víctimas para centrarse, no tanto en el suceso, como en «las circunstancias en las que se vieron obligados a vivir los supervivientes después de haber sufrido esta terrible tragedia, y que fueron casi peores porque fueron excluidos por la sociedad». Con ese telón de fondo, el escritor malagueño traza una intriga policial, aunque nada convencional. «No es una novela a lo Agatha Christie donde el mayordomo es el malo», avisa el también historiador. En este caso, teje un thriller que «no tiene una resolución inmediata sino que se va complicando a través de los años con la aparición de nuevos personajes». El narrador principal es un inspector de policía que tiene que enfrentarse a un caso insólito: la aparición de los cadáveres de ocho supervivientes de Hiroshima en un tren con trayecto de Osaka a Tokio. El expreso Golondrina, para más señas. «El inspector no entiende qué necesidad hay de matar a alguien que en realidad ya está muerto desde el punto de vista social». Y de ahí empieza a tirar del hilo. Eso le llevará a toparse con todo tipo de personajes e historias, trama de corrupción incluida.Años tras los crímenes No en vano, la novela abarca desde 1954 hasta 1970. Con la particularidad, advierte Calderón, de que no es un caso policial que se resuelva en una semana ni en un mes, sino que «el lector sigue todo lo que ocurre en esos 16 años y tendrá que esperar ese tiempo para descubrir cuál es la solución de esos crímenes». Para el escritor ha sido complicado. Sobre todo porque conocía muy poco de la sociedad y la cultura japonesas. Eso le ha llevado tiempo -ha tardado dos años en componer la historia-. Ha tenido que hacer un estudio en profundidad de todo ese largo periodo. Incluso ofrece testimonios reales. Como subraya, «era la primera vez que se utilizaba la energía nuclear en el mundo, nadie sabía qué consecuencias podía tener para el organismo, ni siquiera había análisis científicos». «Las autoridades estigmatizaron a los supervivientes, los convirtieron en apestados, prohibiéndoles incluso entrar en piscinas públicas o casarse con personas que hubieran sido víctimas del holocausto nuclear porque pensaban que la enfermedad era contagiosa», lamenta el autor, para quien «fueron peores las consecuencias de sobrevivir que el hecho en sí de que cayera la bomba nuclear». Calderón se muestra convencido de que los lectores se van a quedar «muy sorprendidos» ante muchos aspectos de la cultura japonesa y de lo que pasó después de su rendición. Recuerda el autor cómo Estados Unidos silenció lo ocurrido en Hiroshima en el país del sol naciente: «Desde 1945 a 1952, está gobernado por los americanos. Durante esos siete años, nadie supo en Japón qué había pasado en Hiroshima y en Nagasaki porque estaba prohibido. Cuando los americanos se marcharon, empezó a producirse la reconstrucción del país y de la propia identidad nacional». Una situación histórica compleja que le ha costado a Calderón encajar en la historia que quería contar, pero que le ha permitido descubrir un mundo nuevo. Y, sin pretenderlo, muy conectado con la actualidad. «No conviene olvidar que la energía que ahora está tan en entredicho después de todo lo que ha pasado en Fukushima, tiene un origen militar, se creó con el fin de destruir, y eso es algo que también quería destacar», observa Calderón, que guarda en el cajón otra novela ya alejada de Asia. Esta vez, se queda en España. Concretamente, en la Biblioteca Nacional, uno de sus cuarteles generales como escritor. Pero para saber más habrá que esperar.

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